Sábado por la tarde. La calle, semidesierta, me rodea camino del metro, ese dulce trasporte público.
Subo en mi vagón. Sí, mío. No de la FGV, ni del señor que conduce, mío, que para eso pago.
Pasadas unas paradas suben tres personas por la puerta más cercana a mi asiento (eso es, mío también).Un abuelo y dos mujeres.
Pese a que hay sitios de sobra el abuelo se sienta a mi lado en vez de sentarse junto a las dos mujeres con las que ha entrado al vagón, cosa que me extraña, pero no le doy importancia.
Me pongo los auriculares y me enfrasco en un maravilloso mundo de rimas y beats y por lo bajo me parece percibir que el abuelo sentado a mi lado conversa con las dos mujeres con las que ha subido, sentadas a nuestra derecha.
Cuando se aproxima mi parada me quito los auriculares y me percato de que las dos mujeres han desaparecido, pero el abuelo sigue sentado a mi lado.
Se para el metro y entran dos hombres seguramente africanos muy altos. Uno de ellos lleva como vestimenta una túnica blanca que, cual sábana, lo cubre hasta los tobillos.
El abuelo que está sentado a mi lado empieza a reír y a decir: “Mira ‘el moreno’ ese lo que lleva ¡madre mía!”. En voz alta y perfectamente comprensible. Me doy cuenta de que me habla a mí. Y a la vez que me pregunto por qué sigue haciéndolo, pese a la cara que le estoy poniendo, me doy cuenta que no iba con las dos mujeres con las que subió al metro, sino que se puso a hablar con ellas sin conocerlas de nada como está haciendo ahora conmigo. Es uno de ellos.
Salgo del metro. Salir del metro se podría aplicar como filosofía de vida. No importa lo insoportable que sea el viaje, en algún momento se acaba.
Bien, salgo del metro y me voy a trabajar y durante el trabajo recibo una llamada de una mujer que no deseaba ninguna información, no quería nada de mí, ni del servicio. Solo quería hablar, exteriorizar sus pensamientos, escuchar un “a ha”, un “sí”, o un “ya”, que le hiciera pensar que la gente piensa como ella.
Me estuvo explicando lo mal que la habían atendido en otro servicio. Se describió como una pobre víctima obligada a pagar cuantiosas sumas en la factura de su teléfono por culpa de la incompetencia del servicio en cuestión. Sentí ganas de decirle que ese número al que llamaba era gratuito, no como el que estaba pagando mientras hablaba conmigo, pero no lo hice.
Ella sólo llamaba para decir que la gente que la atendía no eran españoles y que por tanto no le atendían bien, describirlos con curiosos adjetivos alusivos a su lugar de procedencia para apresurarse a cubrir sus argumentos con un “Y no soy racista pero es que…”
Archive for November, 2007
26
Nov


